
El P. Lombardi nos describe de manera magistral, como viene siendo habitual en él, las características y cualidades que debe adquirir todo comunicador eclesial. Tomemos nota, porque no tiene desperdicio alguno.
1. Utilizar un lenguaje claro, simple y comprensible, no demasiado abstracto y complicado o especializado. Es verdad que a veces los contenidos son complejos y los discursos deben ser articulados, pero al fin, si queremos que un mensaje "pase" y permanezca en la memoria del que nos escucha, debemos ser capaces de indicar con sencillez y clareza su núcleo central. Si no lo hacemos, no podemos quejarnos luego de que se hagan presentaciones o interpretaciones parciales o desviadoras. Así, si presentamos un documento, hay que saber ofrecer una síntesis, un comunicado breve, una frase inspiradora, aunque para su profundización se requerirá siempre la lectura del documento completo.
Un ejemplo puede ser el del reciente caso, tan atormentado, enlazado con los ‘lefebvrianos'. Hemos visto, una vez más, cuán difícil es hacer comprender qué cosa es la "excomunión" o la remisión de la excomunión. Me parece que la palabra "excomunión" hoy es una palabra peligrosa, que suscita fantasmas de la inquisición y fuertes emociones y que, por lo tanto, se debe prestar mucha atención a la hora de usarla.
2. Ser siempre verídicos y claros. Quizá sea superfluo recordarlo, pero no creo. Hay que decir siempre la verdad, también ante preguntas difíciles. De lo contrario, tarde o temprano se cae en contradicciones, ello se nos echará en cara sin piedad y el daño será más grave. La conciencia tranquila que proviene del decir siempre la verdad es la premisa fundamental para afrontar serenamente toda situación, por difícil que sea. Ello no quiere decir que hay que decir siempre todo: pueden haber justos motivos de discreción y prudencia; pero todo lo que se dice debe ser verdad, debemos poder asumir la responsabilidad de lo dicho. La verdad es principio fundamental, en particular, en la denominada "comunicación de crisis", cuando se es atacados por escándalos o errores. No hay nada peor que pensar que se puede mejorar la situación negando la verdad.
Cuando se nos presentan algunas preguntas que merecen una respuesta, hay que darla y no hacer esperar mucho esa respuesta. Es cosa buena estar disponibles y responder - personalmente o por medio de una persona delegada - si nos buscan por teléfono o por e-mail. Ello genera credibilidad y confianza, mientras que el escabullirse y la reticencia generan desconfianza y sospecha. También la tempestividad es importante para no hacer crecer olas de agitación, o no dejar que se difundan ampliamente informaciones falsas o inexactas, que luego es difícil rectificar. Hay que tener en cuenta que los periodistas deben escribir noticias - es su trabajo, a menudo están obligados a ello si hay algún tema del que se está hablando - y, por lo tanto, si no reciben respuestas atendibles, tienden naturalmente a desarrollar hipótesis o conjeturas, o a dar sus explicaciones.
3. Encauzar y guiar la información siendo los primeros en darla, y no tener que correr detrás de una información no correcta.
4. Disponibilidad, que no quiere decir intentar ser omnipresentes en los medios, dando la impresión de estar buscando notoriedad. Los media pueden ser desleales: crean con gusto a sus protagonistas y después se deshacen de ellos en breve tiempo, o en otros casos los vuelven esclavos del tipo de imagen que han creado de ellos.
5. Saber bien qué cosa se quiere comunicar y hacerlo con medida en los momentos importantes. Lo ideal es lograr que nosotros mismos seamos quienes "llevamos la batuta" de la comunicación creando las ocasiones propicias y lanzando los mensajes que nos apremian.
6.En la comunicación es importante "ser uno mismo". Cada uno tiene su propia personalidad como comunicador. Benedicto XVI es distinto de Juan Pablo II, pero él también - come vemos cada vez más - es capaz de comunicar con un estilo suyo. Algunos son más amenos, otros más sobrios, etc. Pero lo importante es que se vea que el que comunica es una persona sincera, que "da la cara" por lo que dice, capaz de trasmitir convicciones y emociones, más allá de un lenguaje frío y burocrático, "clerical" en el sentido negativo del término. Debemos recordar que el testimonio y la experiencia vivida son generalmente mensajes mucho más eficaces que los razonamientos conceptuales o que los largos discursos: está bien que también nuestra comunicación lleve en sí elementos y aspectos de esta naturaleza.
7. Discreto. Si hay cosas verdaderamente reservadas y que por buenos motivos no se deben hacer públicas, no hay que decirlas, por último ni a los amigos. En el mundo actual la discreción - el ser reservados - no existe o no se considera como un valor, y no nos podemos lamentar si circulan noticias que nosotros mismos hemos dado. Creo que ser buenos comunicadores conlleva también saber observar los límites de la comunicación, distinguir bien entre lo que se debe comunicar y el tiempo en que hay que comunicarlo y lo que no hay que comunicar o lo que todavía no se debe comunicar.
8. Cercano y con empatía. . Manifestar atención y comprensión por todas las personas cin las que se trate, buscar ocasiones de encuentro incluso personal, invitarles a participar en momentos comunes (Fiesta del patrono san Francisco de Sales, Jornada mundial de las comunicaciones sociales, principio y final del año pastoral...), en ciertos casos participar en momentos cruciales de su vida, o solidarizarse cuando están siguiendo acontecimientos importantísimos o dramáticos, o agradecerles la atención demostrada en ciertos acontecimientos importantes para la comunidad eclesial... Todos estos son modos para crear una mayor sintonía que facilita la confianza y la comprensión recíproca.
9. Saber gestionar y dirigir una "comunicación de crisis", es decir, las situaciones en las que la Iglesia se encuentra en dificultad a causa de escándalos o acusaciones graves y se la somete a críticas o ataques incluso en los medios de comunicación. Pensemos en las recientes situaciones relacionadas con abusos sexuales. Es necesario prepararse para eventualidades similares.
10. Anticiparse a los problemas, reducir los riesgos antes de que se conviertan en crisis y prepararse para lo peor. Determinar, en primer lugar, cuál será el mensaje de la Institución, identificar el público al que dirigirse, elegir el portavoz y los canales de comunicación adecuados.
No pensar sólo en el público "externo", sino antes que nada en el "interno" de la Iglesia, para conservar su confianza. Pensar en las víctimas: el público juzgará cómo han sido tratadas las personas a las que -voluntariamente o no- se haya producido el daño.
11. Contemplar el problema con los ojos del público (existe un "tribunal de la opinión pública") y si la gente piensa que hay crisis, la crisis existe ya. Es necesario intentar recuperar la iniciativa, convertirse en fuente informativa, colaborar con las autoridades, responder a los medios de comunicación.
12. Credibilidad. Hablar con una única voz y transmitir mensajes coherentes, claros, sencillos, repetidos. Las voces que se contradicen entre sí destruyen la confianza de los oyentes.
La palabra clave es "credibilidad", decir siempre y sólo la verdad. Nunca se debe mentir, ocultar la verdad o afirmar cosas no confirmadas. Una sola mentira destruye la credibilidad.
Las malas noticias se deben comunicar cuanto antes y de una sola vez (no poco a poco); si ha habido errores debe pedirse perdón. Sólo así se puede pensar en ser perdonados.
En lo que se refiere el apartado de "pedir perdón" se debe prestar atención también a las implicaciones jurídicas, para que no se atribuyan responsabilidades que no existen. Una consulta legal, en los casos más críticos es importante.
¡Magníficos puntos de reflexión y orientación!. Gracias P. Lombardi por esta hoja de ruta.